Fotografías cortesía

San Diego, CA – Anoche 03 de Julio, si cerraste los ojos en el estacionamiento los abriste adentro de la arena Pechanga; Entraste a una exposición que respira y canta. El Lux Tour 2026 aterrizó en San Diego con la misma tesis: el pop puede ser ópera, ballet, pintura y rave sin pedir permiso.

El montaje es idéntico al que abrió la gira el 16 de marzo ante 15.000 personas, y es ese manual el que vimos replicado aquí en San Diego con un sold out.

La obra: música como arquitectura, no como playlist

El arranque del concierto de Rosalía deja claro que no vinimos a ver un show común. ¿El primer gran impacto? Su orquesta. Los 22 músicos de la Heritage Orchestra no se ocultan en las sombras; están en el centro del recinto, en una imponente disposición en cruz y rodeados por la multitud. Es un formato circular que redefine la acústica y rompe las reglas del juego visual. En lugar de mirar pasivamente hacia el frente, el público se convierte en testigo y parte de un auténtico aquelarre moderno.

El show está dividido en cuatro actos más intermedio, una hora y 45 minutos donde la electrónica de Motomami convive con arreglos sinfónicos de Lux. Pasa de Sexo, violencia y llantas a Berghain y de ahí a SAOKO sin que sientas el costurón, porque las transiciones son piezas instrumentales, no blackouts. Es teatro lírico, no tanda de hits.

Y sí, la música manda, pero la dramaturgia visual la sostiene: lienzos móviles que citan la vanguardia rusa y el cubismo, luces carmesí para el confesionario y una paleta que va del blanco hueso al negro eclesiástico. Varios cronistas lo definieron como “un auténtico museo de arte clásico y contemporáneo” en vivo.

Lo que San Diego vio: arte citado, no disfrazado

Rosalía no se viste, se transforma. En Pechanga repitió los cuatro cuadros vivos que ya son firma del tour:

1. La bailarina de Degas. Sale de una caja blanca, tutú rosa, puntas, inmóvil como escultura. En Lyon la describieron “emulando la famosa pieza de Edgar Degas”, y bailando unos pasos mientras sonaba la intro. No es ballet académico, es cita directa a La pequeña bailarina de catorce años, esa figura que incomodó en 1881 por parecer demasiado real.

2. Ícaro. Capa de alas bordadas en organza, corsé nude. La referencia mitológica es explícita: volar demasiado cerca del sol, el exceso como motor creativo.

3. Las Meninas / Velázquez. Silueta con corsé marcado y volumen abajo. Más que moda, es concepto: como en el cuadro, Rosalía juega a ser sujeto y objeto a la vez, quien mira y quien es mirada.

4. Venus de Milo en La Perla. Look blanco minimalista, manos que recorren la falda y hacen desaparecer los brazos. El País lo llamó “el mejor número coreográfico de la noche, con Rosalía desvistiéndose hasta convertirse en una Venus de Milo”. Es heartbreak esculpido.

5. El aquelarre de Goya. Para Berghain y Dios es un stalker, vestido negro de tul, cuernos de plumas, coro en círculo. No es brujería estética: es la reapropiación de cómo se ha demonizado lo femenino.

6. Mona Lisa. Dos veces: primero dentro de un marco dorado para Can’t Take My Eyes Off You, “rodeada de bailarines que fingían ser turistas fotografiando una obra maestra”; luego en lo alto de una escalera, emulando la composición del Louvre mientras la “vigilan”.

7. La Virgen. Cierra el arco espiritual con manta sobre la cabeza, tocado de monja de la portada de Lux para Mio Cristo piange diamanti. Después del caos, la luz.

¿Por qué funciona en una arena de deportes?

Porque Rosalía entiende que la combinación no es decorativa, es estructural. La orquesta aporta drama sinfónico a canciones que nacieron en laptop; el ballet aporta disciplina y fragilidad al inicio, y cuando llega la rave, el contraste es físico. La crítica en Lyon lo resumió: “desde una gran caja blanca Rosalía emergió vestida como una bailarina clásica, marcando el tono de una primera parte dominada por el lenguaje del ballet” y luego “la puesta en escena, con elementos oscuros y una energía cercana a una ‘rave’, transformó el ambiente”.

El confesionario antes de La Perla —fans contando chismes de ex parejas bajo luz roja— es el puente entre lo sagrado y lo carnal que define Lux. No es gimmick; es liturgia pop.La invitada sorpresa de la noche en San Diego fue Brittany Broski

Claro, incomoda. El uso de puntas sin formación clásica ha generado debate: ¿es apropiación o es performance? La propia puesta lo responde: no busca perfección académica, busca tensión. Como dijo el director de arte Israel Barranco, cuando un artista quiere “dar un salto de autoridad deja de buscar referencias solo en la cultura pop y empieza a buscar una referencia simbólica en la historia del arte”.

En San Diego, a 20 minutos de Tijuana, esa tensión se sintió más. Público binacional, muchos que crecieron con la iconografía católica que ella cita, otros que vienen del club. Cuando bajó al piso en Dios es un stalker, micrófono en mano, la divinidad bajó a la tierra literalmente, y la arena —acostumbrada a hockey— se volvió capilla invertida.

Fue una tesis escénica: el pop puede citar a Degas, Velázquez, Goya y a la vez hacerte bailar Despechá como si fuera 2022. Y si algo dejó claro Rosalía en Pechanga es que Lux no se escucha, se atraviesa, se vive. Sales con la sensación de haber visto una exposición que, por una noche, decidió cantar y envolverte.

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